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Es una cuestión de inseguridad.
Vivimos en una realidad que trasciende posturas sociopolíticas y es que hace más de 100 años existe un conflicto civil interno que ha marcado diferentes épocas en el devenir histórico nacional. Y seguimos, como se dice, contando el cuento.
Entre finales del s. XX e inicios del s. XXI pocos extranjeros osaban visitar un país tan sacudido por problemas de contrabando, corrupción, grupos ilegales… y la lista es larga. Sin embargo, internamente y como gesto de resiliencia (para usar un término muy en boga), algunas regiones enfocaban parte de sus apuestas de desarrollo en el turismo y los dividendos que genera. En un principio principalmente un turismo interno, que poco a poco se fue extendiendo a una escala global.
Con el fin de cambiar la óptica en la percepción de los viajeros, se generaron campañas de marketing que resaltaban otros aspectos de la idiosincrasia como: “El país más acogedor del mundo”, “Vive Colombia, viaja por ella”, “El único riesgo es que te quieras quedar”, “Colombia es pasión” y ahora “El país de la belleza”, generando crecimientos significativos y positivos para la economía. Sin que por lo tanto el conflicto haya dejado de existir. Ha tenido momentos de mayores o menores crisis que han afectado o beneficiado a determinadas regiones. Lo cierto es que cada vez encontramos una mayor oferta de lugares que bien sea, o no conocíamos o no nos atrevíamos a explorar por sus contextos y antecedentes relacionados con el conflicto interno.

El Guaviare es una de tantas regiones que ha estado y continúa inmersa en dicho proceso de altibajos y logros. Ha llegado a ser nominado consecutivamente en los Premios Mundiales del Turismo e implantarse como un destino de gran atractividad por la riqueza y variedad en su oferta de lugares únicos que valen la pena ser visitados.
Podemos constatar un aumento constante durante los últimos años en las llegadas de turistas internacionales, tenemos la capacidad de ofrecerles atención en diferentes idiomas con servicios de calidad; recibimos comentarios favorables ante la fascinación que genera en muchos la visita al territorio.
Cuando preguntamos a los turistas internacionales sobre las razones o motivaciones de la visita, generalmente se mencionan blogs, publicaciones, voz a voz, campañas publicitarias etc. que se enfocan sobre todo en la posibilidad de apreciar la región, en especial después de los acuerdos de 2016. En menor medida se hacen referencias al pasado o el presente del orden público, pero irónicamente constatamos que, de manera casi sistemática, ha llegado a surgir una resistencia importante a partir del contacto con nuestros propios connacionales.
Al parecer, cuando en las conversaciones los visitantes comentan a otros colombianos sus proyectos de visita a la región, especialmente una vez han llegado al territorio nacional, se provocan unas alertas que, por una parte, denotan un desconocimiento del territorio y su realidad y por otra parte se alimentan del amarillismo mediático que abarca inflexiblemente a toda una región, cómo antes abarcaba a todo un país.
Podemos citar numerosos ejemplos a escala internacional dónde, a pesar de la cercanía de importantes atractivos con regiones de inestabilidades sociopolíticas críticas, el turismo sigue en crecimiento: Templos de Abu Simbel en Egipto cercanos con Sudan, Petra a corta distancia de Israel y las franjas de Cisjordania y de Gaza, diferentes capitales europeas que viven bajo el terror de repetidos atentados terroristas.
En el caso nacional, ciudades como Bogotá, Cartagena y Medellín que se encuentran a distancias similares o incluso menores a las distancias que existen entre el área urbana de San José del Guaviare y la Serranía de La Lindosa con zonas de operación de grupos armados… en fin.
Ante la incertidumbre es mejor preguntar, así sea como un gesto de solidaridad ya que la actividad turística seguirá siendo para nosotros una alternativa de desarrollo y seguiremos contando el cuento, porque a pesar de las vicisitudes nuestro interés es continuar a aportar de manera significativa, es decir, con pasión, con todo nuestro empeño a provocar el riesgo de querer quedarse, a vivir Colombia y a viajar por ella, a mostrar la belleza del país de la belleza.